Cultura del vino

Un rincón de Elciego ilustra la diversidad geográfica de Rioja Alavesa

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La peculiar orografía de Rioja Alavesa está formada por una trama de pequeños valles, de laderas en todas las orientaciones, de barrancos que cambian constantemente de dirección, de altiplanos, colinas de arenisca y cerros testigo, de llanos fluviales. Una complejidad que sin embargo nos parece abarcable y sencilla, dada la reducida superficie de la comarca y su encajamiento entre dos grandes hitos: el río Ebro al sur y el sistema montañoso de las sierras de Toloño y Cantabria al norte.

En este cuadro geográfico, especie de maqueta de relieve irregular, existen umbrales que conectan diferentes morfologías, texturas e incluso microclimas. Conducen de lo árido a lo húmedo, de lo alto y ventoso a lo bajo y recogido, de los torrentes recoletos a las planicies abiertas o del ambiente continental al entorno puramente mediterráneo.

Son transiciones de tan reducido grosor que a menudo nos cogen por sorpresa. Pero a poco que nos fijemos, descubrimos en ellas conexiones insólitas, paisajes a escala, entornos con personalidad sutil pero muy propia, que son un respiro ante el dominio casi absoluto del viñedo.

El barranco que lleva al meandro

En nuestras viñas de Elciego hay algunos de esos pasadizos. Quizá uno de los que más transitamos es el vallejo que cierra por el sur la ancha y suave vaguada que llamamos Garcimoracho —que a su vez es la cotinuación natural del altiplano de El Gallo.

Esa pequeña barranca surcada por un camino asfaltado conecta con el amplio meandro de Valduengo, a orillas del Ebro. Supone, por lo tanto, un cambio de nivel entre las terrazas altas y bajas del Ebro en este sector al suroeste del núcleo de Elciego. El paso es flanqueado por taludes de perfiles marcados. La desnuda roca de arenisca salva un desnivel de 50 metros. Contemplando la zona desde la orilla opuesta, en el pueblo de Cenicero, estos acantilados forman la imagen más característica del primer escalón del valle del Ebro.

Justo en la mitad de las escarpadas paredes ocres, el vallejo de acceso desde Garcimoracho, con su oscura y estrecha masa de coscojas, matorrales y pinos de repoblación, aparece como una reliquia de la remota cobertura forestal que dominaba hace miles de años toda la vertiente que hoy es Rioja Alavesa.

A mediados del siglo XIX aún quedaba mucho bosque de encinas. La prueba es que el municipio de Elciego vendió la madera de parte de su encinar de Valduengo para sufragar la construcción del puente sobre el Ebro que comunicaba el pueblo con el vecino Cenicero. Desde la cabecera norte de dicho puente arranca otro de los caminos utilizados tradicionalmente para acceder al llano y bajo meandro, hoy plantado casi enteramente de viña.

Aquí, a diferencia de las tierras arcillo-calcáreas de El Gallo y del mismo Garcimoracho, el suelo está formado en su mayor parte por arenas de claro origen aluvial. Encontramos también abundantes cantos rodados, formados por el discurrir perpetuo de las aguas del Ebro. Un nuevo ejemplo de la notable diversidad de nuestra comarca, más patente cuanto más acercamos la observación de sus rasgos geográficos.

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