Cultura del vino

Joaquín Belda disfrutó de una legendaria velada en los calados

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A finales de los años 20, el periodista y escritor Joaquín Belda –muy popular entonces por sus obras satíricas– se hallaba enfrascado en la redacción de Vinos de España, libro que publicaría en 1929. Para documentarse recorría sin descanso las más variadas zonas vitícolas. Como es natural, dedicó mucho tiempo y muchas letras a los vinos de Rioja, región que por aquel entonces ya veía cercano su nuevo estatus como  primera denominación de origen del país.
En uno de sus viajes a Rioja, Belda tuvo la oportunidad de conocer a fondo la bodega Paternina, antecesora de nuestra bodega de Conde de los Andes. A lo largo de varios días degustó los reconocidos vinos de la marca, visitó los calados de Ollauri y compartió muchos momentos con dos personajes inolvidables, Joaquín Herrero de la Riva, propietario por entonces de la bodega, y el enólogo Etienne Labatut.
Belda describe con su estilo lleno de vida y sentido del humor unas cuantas escenas alrededor de esas mismas botellas que todavía descansan en nuestros calados. Es especialmente atractivo el pasaje en el que narra la memorable cena-cata con que el grupo de Belda es agasajado en la misma bodega de Ollauri. Tras leer estas páginas, de las que ofrecemos un extracto, aún nos parece oir en los calados el eco de las risas y chascarrillos de Belda y sus amigos. Sí, nos hubiera encantado estar entre ellos.

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Uno de los buenos recuerdos que tengo de la tertulia del café de los Leones es el de haber conocido en ella a Joaquín Herrero de la Riva.

Este agradable personaje, de rostro un poco abacial y maneras de gentilhombre, es en Logroño una institución y en todas partes un hombre inteligente y simpático. Dueño de la primera casa de banca de Logroño, es hoy en día uno de los principales accionistas de la Sociedad “Federico Paternina”; pero llevado de su enorme afición a la vinicultura, en la que es una verdera autoridad, es en la casa algo más que accionista: es, sencillamente, el alma del negocio.

Al cuarto de hora de conocerle ya estábamos los dos en el comedor de su piso de la calle de Bretón de los Herreros en compañia de algún otro amigo y de cinco botellas de Paternina; tres de tinto y dos de blanco. Las de tinto eran: una de banda azul, cosecha 1924; otro de banda roja, 1923; y una de alambrado en su quinto año. Las de blanco: una de cepa Sauternes, 1921; y otra de cepa Rhin, 1920.

Como se ve, no estábamos solos.

La conversación con Joaquín Herrero de la Riva era tan buena como los vinos que nos daba. ¡Y ya es decir! Saborear uno de aquellos néctares oyéndole a él hacer su historia y explicarlos, era doblar el sabor. Cada casa de la Rioja tiene su nota peculiar: la de esta casa es la que podríamos llamar la nota de la totalidad; no hay un solo aspecto del buen vino riojano que no tenga su representación en su catálogo.

(…)


Al día siguiente de esta sesión preparatoria tres automóviles nos llevan a Ollauri. Se trata de visitar las bodegas de Federico Paternina y de cenar en ellas aquella noche. ¡Buen programa!

Ollauri es un pueblecito lleno de cuestas, situado frente a Haro; cuando llegamos a él era casi de noche.

Las bodegas de la casa Paternina son cuevas en casi toda su extensión; pero cuevas y galerías abiertas a pico en la roca viva del monte. Allí, en aquellos subterráneos, ningún aroma se pierde; se diría que los éteres evaporados del vino, al no tener por dónde salir, vuelven al vino mismo, concentrando y aumentando así ese buqué especial, que no es el menor de sus encantos.

Desde el vestíbulo de la bodega de Ollauri sentíase uno como rodeado por el aroma intenso de los buenos vinos, aroma que ya no le abandonaba hasta mucho tiempo después de haber salido al aire libre.

Durante una hora –no exagero– estuvimos catando vinos de diferentes tipos, clases y estilos. Algunos de los quince invitados a la cena que habían venido con nosotros desde Logroño, mascaban nueces para preparar el paladar a una más perfecta degustación. Ante un tonel de cepa Rhin, hubo aplausos y vítores. (…)

Como mentor, nos acompañaba en la visita el bodeguero de la casa, un francés, rubio y de buen color, llamado Étienne Labatut; un bordelés que sabe de vinos más que el inventor de la viña. Y quiero aprovechar el momento para entonar un canto a los bodegueros españoles, esos hombres eméritos, cuyos nombres no figuran en las etiquetas de ninguna botella de marca, pero sin cuya dirección y buena mano no beberíamos tan buenos vinos como, gracias a Dios y a ellos, bebemos ya en España. A todos los bodegueros que en este viaje me han dado de beber, un saludo desde aquí.

Monsieur Labatut fue bodeguero de la célebre Maison Calvet, de Burdeos; de allí le trajo Joaquín Herrero. En 1920 obtuvo el primer premio de la Escuela Filomática de la capital de la Gironda; antes, había hecho la guerra. Este hijo de cosecheros bordeleses pasó cuarentra y tres meses en el frente, incorporado al séptimo Regimiento de Infantería Colonial; fue herido dos veces, tiene tres citaciones, la Medalla Militar, la Cruz de Guerra, y el 27 de julio de 1917 ascendió a suboficial.

Es un héroe y un hombre muy inteligente. Los franceses estiman tanto su vino que no vacilan en colocar a su cuidado a los héroes de la epopeya nacional.

Joaquín Herrero y Étienne Labatut son los dos puntales de la casa Paternina; se ven a diario, se tratan como amigos. Oir hablar de vinos a los dos es almacenar ciencia.

Al cabo de una hora de probar vinos llegó la de la cena. La mesa había sido puesta, al modo rústico, en una estancia de la misma bodega, no lejos de las filas enormes de toneles. Teniers no hubiera tenido nada que decir del cuadro.

Referir lo que allí se comió y se bebió necesitaría mucho espacio. Para acompañar la ristra de platos desfilaron las catorce variedades de vinos tintos y blancos que la casa Paternina elabora. ¿Habrá que decir que cada uno de los comensales probó de todo y muchos hicimos algo más que probar?

Yo estaba sentado al lado de Étienne Labatut, y una de las veces, al llevarme a los labios una copa de rojo Cosecha Vieja, me creí en el caso de dirigir a mi vecino el antiguo calambur, que se usa tanto en Francia, en los sitios en que se bebe, cuando uno de los bebedores se llama precisamente Étienne:

A la tienne, Étienne; y perdone usted que le tutee –tuve que añadir.

–No impogta, no impogta– me replicó él, con la mejor de sus sonrisas.

Y como dos de los comensales encendieran un pitillo –estábamos a la mitad de la comida– el bodeguero se indignó amistosamente:

–¡Por Dios! No fumen ahoga…

–Bueno, bueno; no se enfade.

Y tiraron los pitillos.

Cuando salimos a las calles del pueblo era ya la media noche. No hacía frío, y si lo hacía, nosotros no lo notábamos. Y fue esta noche, en la visita a las bodegas de Ollauri, cuando yo acabé de convencerme plenamente de que entre el vino bueno y el vino, no ya malo pero aun mediocre, media un abismo.

Porque las quince o veinte personas que salíamos de las bodegas de Paternina llevábamos cinco horas bebiendo casi sin interrupción; bien es verdad que habíamos comido mucho y muy bien, pero la cantidad de vino trasegado había sido fabulosa.

Y ninguno de nosotros iba, no ya borracho, pero ni siquiera excitado; nadie se tambaleaba, nadie vacilaba al bajar a oscuras, en la noche, la pedregosa cuesta que había que seguir para llegar al sitio donde nos esperaban los autos. Ibamos contentos, optimistas, eso sí; pero ninguno de nostotros había pasado la línea que separa al bebedor del borracho.

(…)

A Muerza, el popular autor de esos sabrosos espárragos en conserva, que ya son famosos en todo el mundo, y que había sido de los nuestros aquella noche, le decía yo al tomar el auto:

–Vamos más tiesos que sus espárragos de usted.

–Y más mojados– me contestó.

 

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Marca Muriel Wines

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