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La leyenda tras nuestra nueva marca de la Ribera

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NOVIEMBRE 2021.– Por la apertura de la cueva, vio cómo las rocas blancas en lo alto del acantilado que tenía enfrente se pintaban de un color anaranjado. Era la señal. Despuntaba el amanecer y de un salto se levantó de su cama de piedra, tela de saco y hierbas. Se acercó a la boca de la gruta y ante sus ojos apareció el pequeño valle, con sus hileras de cepas allá abajo. Como el día, también las plantas empezaban a desperezarse. Sus hojas tiernas se agitaban en la brisa de aquella mañana de principios de junio. El aire aún era frío.

El ermitaño contempló el paisaje, la misma vista que llevaba acompañándole los últimos siete años. La misma quietud, que sólo se alteraba cuando en octubre la gente del pueblo subía a vendimiar. Pero hoy había algo diferente. Una pequeña ola recorría la ladera. Un movimiento fugaz y nervioso, que se deslizaba rápidamente. Vio estremecerse las matas de tomillo entre momentáneas nubecillas de polvo blanco. Los pinares se agitaron y la extraña onda expansiva se movió más arriba, casi hasta el límite con el árido altiplano que coronaba el valle. 

El tremor se detuvo. De repente, en lo alto del risco, justo donde las piedras se teñían de naranja, lo vio con claridad. El cuerpo marrón, macizo, sostenido por patas musculadas. La cabeza con una gran cornamenta de ciervo adulto. Sobre el lomo del animal, dos enormes alas de águila real. La imagen duró unos pocos segundos. Luego, de un salto, la impresionante criatura desapareció en vuelo rasante detrás del borde del páramo desértico.

Durante mucho tiempo, el ermitaño se preguntó si aquella visión había sido real o bien pertenecía al último sueño del amanecer. Pasaba días enteros alimentándose tan sólo de bayas y raíces, y no era extraño en él caer en un cierto estado de alucinación. Pero aquello era diferente. Lo recordaba muy bien, incluso se acordaba de la piel temblorosa y de las plumas irisadas, del inclasificable olor que el aire de la mañana había traído hasta la cueva. Todo eso le empujaba a creer, aunque la razón seguía insistiendo: no podía existir nada parecido sobre la faz de la tierra.

Se obsesionó hasta el punto de bajar al pueblo más cercano, Curiel de Duero, a pedir en el castillo hojas de pergamino y pinceles con los que plasmar la imagen efímera de aquel ser, mitad ciervo mitad rapaz. Su dibujo permaneció largo tiempo en los archivos, pero el paso tiempo y las turbulencias de la historia acabaron enterrándolo en un cada vez más vago recuerdo. Y la revelación del ermitaño sobrevivió solo en forma de leyenda, el relato de un extraño animal mitológico que en los amaneceres despejados vaga y pace entre las viñas y los páramos, allá donde la seca ladera sólo permite brotar oscuros matorrales.

La nueva imagen de marca se inspira en una vieja leyenda

Al hacernos cargo de la bodega Valdecuriel, en el corazón de la Ribera del Duero, descubrimos casi por azar la pervivencia de aquella leyenda. Nos apasionan las viejas historias tanto como los parajes naturales, de los que abundan en el entorno de la bodega, con su vegetación silvestre y su fauna salvaje. No es raro divisar corzos, jabalíes y decenas de aves de todo tipo muy cerca de las viñas, en los bosques de pinos y encinares y bajo las cuevas calizas que hace siglos ocuparon pastores y ermitaños. El lugar desprende un aire de soledad y de cierto misterio. La finca de viñedo, alta y hermosa, es como una avanzadilla de civilización que penetra en lo desconocido.

En este lugar, en el que el cultivo limita con la naturaleza agreste, no es extraño que hayan surgido enigmáticas visiones en otras épocas. Así que al crear la nueva marca de Valdecuriel tomamos la imagen mitológica del ciervo alado como símbolo. Para nosotros significa la cercanía a un estado natural originario, pero también el lado mágico que tienen las viñas y los vinos más especiales.

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Marca Muriel Wines

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